Acogidos bajo su sagrado manto nos reunimos noche a noche, para adorarlos, para envidiarlos. Sùplicandoles nos lleven ha ellos, como un hijo abandonado, lloroso e incomprensible.
Nos han dejado sus canatres, sus mitos retando a los años, su sangre que nos llama. Seguiremos por ellos la cuesta más difícil, la impensable, la soñada, la que ningún sensato mortal andaría a solas. Pero nosotros sí.
¡Déjanos adorarte, Señor de la Noche! Déjanos rendirte un pequeño culto, nosotros, los hijos errantes y vagabundos. Y déjanos llegar a tí, en la explosion del último orgasmo de la Madre Nocturna, en las marañas escritas de la fiera Destino. Tú sufrimiento, mi delirio.
Tomaré tu mano apenas la ofrezcas y dejaré lo que sea innecesario.
Amarte. Por siempre adorarte.
El Vampiro

